La forma de las horas
Traducido automáticamente del italiano · leer el original
Un pequeño elogio de la duración
Hay una hora precisa, a finales de agosto, en la que la luz se apoya en las paredes como si estuviera pensando. No es el sol alto de la mañana, ni el oro cálido de la tarde: es esa suspensión de media tarde que en el sur llamamos contratiempo, cuando las calles se vacían y el pueblo parece haberse puesto de acuerdo para ralentizarlo todo.
En este intervalo me siento en el balcón con un vaso de leche de almendras y miro el tiempo pasar. Uso el verbo equivocado: el tiempo no pasa, viene. Llega, se detiene un momento para que lo miren, y luego prosigue. Soy yo quien lo deja ir.
Leí en alguna parte —quizás era una entrevista a un compositor ruso, quizás era un sueño— que cada gesto realizado con atención cambia la duración. Dos minutos pasados vertiendo el café con cuidado no son los mismos dos minutos pasados esperando un semáforo. El tiempo tiene una consistencia: a veces es áspero, a veces liso, a veces es tan lento que parece miel que gotea de una cuchara.
Me pregunto si es posible diseñarlo. No detenerlo —eso lo hacen los fotógrafos, y pagan el precio— sino modelarlo, como se modela la madera. Tomar una hora cualquiera y trabajarla hasta que tenga la forma que queremos nosotros.
Pienso en los talleres silenciosos, en los laboratorios apartados donde las máquinas aprenden a moverse con la gracia de un calígrafo. Un movimiento repetido con la paciencia de quien nunca tiene prisa: automatismo, por supuesto, pero no por ello menos bello. De hecho, quizás más bello, porque nunca se cansa. Un artesano experto traza una curva perfecta; un artesano que le enseña esa curva a un mecanismo la hace trazar mil veces, diez mil veces, idéntica, y cada vez parece la primera.
Esto, creo, es el sueño más sutil: que la belleza pueda repetirse sin perderse. Que un acto elegante, una vez comprendido, se vuelva perenne.
Los filósofos antiguos decían que el ocio es padre de la contemplación. Hoy el ocio nos asusta, lo llenamos de notificaciones como una cisterna que pierde por el fondo. Pero hay otra posibilidad, menos conocida y más educada: dejar que sean las cosas a nuestro alrededor las que se encarguen de fluir, mientras nosotros permanecemos quietos observando.
Todo lo que es bello ralentiza a quien lo observa. Un fresco, una frase bien escrita, el perfil de un barco que regresa al puerto a contraluz. Son ingenios para quitarnos el tiempo de encima, poco a poco, sin que nos demos cuenta.
Termina la hora de la contratiempo. Del callejón sube el olor de la cena de alguien más, las persianas empiezan a golpear de nuevo, la luz se desplaza medio metro en la pared. Miro el vaso vacío y me doy cuenta de que no he hecho nada útil en dos horas. También me doy cuenta de que nunca he estado tan descansado.
Quizás los sueños no sirven para escapar del tiempo. Sirven para enseñarnos que el tiempo, si uno tiene paciencia, se deja moldear.
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